La vida del copista


 

Los monasterios, refugio de la cultura en la Alta Edad Media

A partir del siglo V, la producción de libros sufrió un notable decrecimiento a raíz de las transformaciones sociales, económicas o políticas tras la caída del Imperio Romano. Las invasiones bárbaras provocaron un punto y aparte en diversos aspectos dentro del área de influencia romana. La sociedad se fragmentó, precipitándose a un proceso de ruralización y feudalización. Además, se produjo la práctica desaparición de la aristocracia culta, que había transmitido de generación en generación el conocimiento de épocas anteriores. En este nuevo escenario, los monasterios se convirtieron en el último refugio para la cultura. La fabricación libraria se restringió en exclusiva a estos entornos religiosos. 


Fue Casiodoro, fundador del monasterio de Vivarum en el sur de Italia (donde la tradición dice que se instaló el primer scriptorium), quien asegura que copiar un libro es un servicio religioso.  

 

“Predicar a los hombres con la mano, descifrar lenguajes con los dedos, dar en silencio la salvación a los mortales, purificarse con pluma y tinta. Tantas heridas se infringen a Satanás como tantas palabras de Dios escribe el copista.”

 

El renacimiento cultural promovido en la corte de Carlomagno, así como la importancia que los benedictinos dieron a la lectura en su regla y la transmisión de los antiguos escritos conservados en los centros espirituales de Irlanda (lugar no romanizado pero que había sido cristianizado tardíamente) fueron las principales razones que hicieron que los libros adquirieran su estatus como herramienta de propagación del saber. Van apareciendo en los monasterios zonas de estudio donde la copia e ilustración de libros religiosos es el fin primordial. No solamente se copian libros litúrgicos como Evangelios, Biblias o Salterios, sino que también se practica la ilustración de códices profanos: libros de ciencia, bestiarios, calendarios, etc., todo ello dentro del propósito didáctico y moralizador que marca el trabajo de estos lugares.

 

 

El scriptorium de San Millán

La situación en la península Ibérica no era diferente a la que vivía el resto de la Cristiandad. En un tiempo en el que los árabes controlaban la mayor parte del territorio, los monasterios ejercieron un fuerte rol como espacios que reforzaban la unidad de las tierras recuperadas. 

 

El conjunto monástico de San Millán está formado por dos edificaciones. El de Yuso fue fundado en la primera mitad del siglo X a partir de un asentamiento eremita establecido originalmente por el propio Emiliano en Suso. La fama de los milagros realizados por el santo-patrón se expandió y muchos peregrinos, cuyo destino final era Compostela, se desviaban de su itinerario para venerar sus reliquias. Según Cortázar, el cenobio de Yuso fue impulsado por el rey García Sánchez III para seguir avanzando en la colonización, una vez la corte navarra se trasladó a Nájera. Lo cierto es que la zona de La Rioja era por aquel entonces un espacio muy estratégico, importante dentro de los planes expansionistas de los reinos de Navarra y Castilla. 

 

El scriptorum de San Millán ya existía en Suso: fue uno de los más antiguos de Europa. Junto con Albelda y Valvanera, se convirtieron en receptáculo tanto de saberes anteriores como de nuevas obras que provienen de más allá del Pirineo. Un ejemplo del rico patrimonio librario que atesoró el monasterio es que tres de los más de treinta Beatos que se conservan en el mundo pertenecieron con seguridad a San Millán de la Cogolla.

 

En las obras copiadas se percibe la influencia castellana y franca, aportada por la proximidad del Camino de Santiago; a éste que se suma el bagaje de la tradición mozárabe y visigótica, lo que impulsó un ambiente cultural ecléctico y abierto en lo que hoy es La Rioja. Aquí surgieron los más abundantes y mejores textos escritos en una lengua romance de la que surgiría nuestro castellano.

 

Según Díaz y Díaz, el scriptorium de San Millán trabajaba a pleno rendimiento en el segundo cuarto del siglo X. Contaba con un equipo de monjes copistas bien formado y a él llegaba buen material para la escritura, gracias a las rentas que el monasterio obtiene de los territorios bajo su control. Además de la intensa labor de copiado, la biblioteca del monasterio también se nutrió de los fondos variopintos que poseían otros centros dependientes de San Millán. 

 

 

¿Cómo era el día a día en el scriptorium?

Los monjes que tenían que trabajaban en los scriptoria se denominaban de diversas formas: scriptores, calígrafos, copistas, amanuenses… La labor era organizada por un jefe de calígrafos, que dividía las tareas de realización de las obras a copiar, ya que varios monjes trabajaban sobre una única obra: unos corregían el texto escrito por otro, un tercero se ocupaba de la iluminación y los ornamentos, y los demás preparaban pergaminos y tintas. 

 

No era una tarea sencilla y exigía notable esfuerzo. El agotamiento y el malestar tras horas de copia ha quedado reflejado en algunas notas que los monjes copistas dejaban en las propias páginas de los códices.

 

“Tres dedos son los que escriben, pero todo el cuerpo es el que se cansa. Igual que el marinero suspira por el puerto, así el escritor desea la última línea.”


Generalmente los monjes copiaban libros para las bibliotecas de sus conventos, pero existían también redes de intercambio entre diversos cenobios. Se prestaban códices mientras se llevaba a cabo la copia que servía de modelo para otras copias y así sucesivamente. Lo normal era exigir una fianza igual o superior al libro y anotarlo en un registro. 

 

 

Preparar el pergamino

El pergamino es un “papel” de piel animal del que convenientemente tratado se obtiene hojas aplanadas y lisas, que permiten su utilización como material de escritura óptimo. Aunque su empleo se conoce desde la época clásica, el pergamino se tenía por un material de escritura bárbaro. Se empezó a difundir como soporte para la escritura a partir del siglo II, bien por el perfeccionamiento en la técnica de obtención, bien porque el formato de libro evolucionó del rollo al códice, bien porque la materia prima era abundante en Europa.

 

Para su preparación se aprovechaban pieles de varios animales, principalmente de oveja, cabra o cordero. Los pergaminos elaborados con piel de vaca o ternera se denominaban vitela. De las pieles de los corderos no natos se obtenía una hoja finísima y blanquísima llamada carta virgínea. Sin embargo, para obtener los mejores pergaminos, no contaba tanto la materia como el proceso, que fue perfeccionada entre los siglo II y VI D.C..

 

Aunque era más resistente que el papiro, el pergamino era un material escaso; de una oveja, por ejemplo, solo se podía extraer una lámina (dos páginas) para un libro en folio. Era necesario desollar un rebaño de ovejas entero para obtener el pergamino necesario para elaborar un códice.

 

Conocemos el procedimiento para la confección de pergaminos gracias a una receta extraída del códice de la Biblioteca Capitular de Lucca en Italia. Primero se purgaba la piel, sumergido durante unos días en cal y, mientras era flexible, se afeitaba por las dos partes para eliminar la grasa y quitarle las manchas para lo que se frotaba con polvo de yeso. Luego se pulía con piedra pómez para alisarlo y se reducía al tamaño deseado. Los posibles cortes en la piel se cerraban con puntos y suturas. 

 

 

Elaborar las tintas

En la Edad Media empezaron a emplearse elementos metálicos en la elaboración de las tintas, que proporcionaban mayor variedad de colores. 

 

La tinta negra era el tipo más extendido cuando el soporte utilizado para escribir en material era blando como el papiro. Se fabricaba empleando humo negro y goma que luego se disolvía en agua dando lugar a tonos muy oscuros. Durante la Edad Media se empiezan a obtener mayor diversidad de tonos, que se pueden dividir en dos grupos: de origen vegetal o del carbón, o tintas metálicas. 

 

Las primeras de origen vegetal sigue el procedimiento de las tintas negras empleadas en la Antigüedad, es decir, un elemento de origen vegetal  al que se aplica un fijador. Dañaban poco al soporte porque no penetraban lo suficiente en él y, en consecuencia, los textos escritos eran fáciles de borrar. Su elaboración era sencilla y su coste barato. 

 

Las tintas metálicas, en cambio, se obtienen a través de una reacción química entre un agente tánico y el sulfato de un ion metálico, generalmente el hierro. Los componentes esenciales de este tipo de tintas son el vidrio (que aporta brillo), la nuez de agallas (utilizada como agente tánico), vitriolo (sulfato de hierro o de cobre que aporta contenido metálico) y goma arábiga (que dota de homogeneidad a la mezcla). Según el tipo de vitriolo, las tintas tenderán más a un tono rojizo o verde. 

 

Las tintas rojas que se empleaban para las rúbricas o los títulos pueden tener un origen animal, mineral o vegetal. Entre los de origen animal destacaban la púrpura y el carmín. De un alto coste, la púrpura se obtenía de cierto molusco que habita en el Mediterráneo.  El carmín se extraía de las larvas de un insecto arbóreo de la familia de las cochinillas y se confeccionaba secando las larvas y reduciéndolas después a polvo. 

 

En menor medida se empleó el color azul, que se obtenía de minerales como el lapislázuli o la azurita. Sin embargo, era más común obtener el azul de elementos vegetales, como el lirio, el perejil o la violeta.

 

 

El copiado y la iluminación del códice

Los monjes copistas debían leer previamente el original que más tarde copiarían. Estas dos actividades, la lectura y la copia, podían dividirse en cuatro fases: 

 

En primer lugar se leía un fragmento del texto original. Aquí surgían varios problemas: el copista podía no entender el tipo de letra o el sistema de abreviaturas que se había utilizado, que el original hubiera sido escrito con pésima letra o que ésta se encontrara  en mal estado de conservación. 

 

En segundo lugar, había que pasar del texto original a la copia. Un proceso en el que se perdía información o aparecían cambios de orden de las palabras, eliminación de términos irrelevantes, uso de sinónimos… 

 

En tercer lugar se abordaba la parte más delicada, la escritura en pergamino del fragmento del texto elegido, donde se producían variaciones entre el modelo original y la copia. 

 

 

Miniatura del Psalterio y Liber Canticorum de San Millán de la Cogolla.

 

El proceso se iniciaba de nuevo con la nueva jornada de trabajo, cuando se volvía al original para continuar la copia. La dificultad para encontrar el punto en el que se había pausado la labor el día anterior solía provocar repeticiones u omisiones de texto. De esta forma, cuanto más se copiaba una obra, más se alejaba de su versión original. La rubricación era la operación por la que la intitulación de los textos era resaltada mediante el empleo de una tinta de color, generalmente rojo, por letras de un tipo o módulo especial o mediante otro procedimiento. Se rubricaban títulos, capítulos suscripciones…

 

La forma más frecuente de ilustrar un manuscrito era su iluminación y decoración. Normalmente el iluminador se encontraba en los márgenes del propio manuscrito indicaciones efectuadas por el copista o corrector sobre las ilustraciones que debía realizar en los espacios reservados a tal efecto. Con frecuencia, estaban basadas en las iluminaciones presentes en el códice original, y podía ser anotaciones o esbozos. 

 

Muchas de las herramientas que utilizaba el iluminador eran las mismas que las que empleaba el copista. Además, el iluminador empleaba pinceles. 

 

Una vez copiado e iluminado a obra, el copista foliaba los páginas de pergamino que componían el cuaderno empleando signaturas o custodios, así como reclamos para establecer el orden de los cuadernos de cara a su encuadernación. Luego se comparaba la copia con el original por un corrector que examinaba, corregía y completaba la obra. 

 

Para la escritura y la iluminación de los códices se empleaba el cálamo o caña de juncos. Su uso perduró hasta el siglo VI o VII, cuando fue sustituido por la pluma de ave, especialmente la de oca. Para sacar punta al cálamo se empleaba un cuchillo llamado scalprum librarium. La punta que se había cortado se mojaba en el recipiente de la tinta y de esta manera se recogía por capilaridad una pequeña cantidad de tinta se que se iba depositando en el soporte al rozar la punta con este. 

 

Así mismo, el copista precisaba de varios instrumentos adicionales para efectuar su labor. El pincel se empleó más raramente, sobre todo para la escritura en oro y para los elaborados inicios de los códices; era una herramienta más propia de la iluminación que de la tarea de copiado. Con el circinus o puntctorium se señalaba la distancia igual entre las líneas, y con el punctorium o punzan se horadaban o trazaban lineas a punta seca para efectuar el pautado con un canon o regla. Para sujetar la hoja o también para rascar las correcciones, el copista solía tener a mano un instrumento con lama curva. Se apoyaba el papel sobre un escritorio o sobre una especie de púlpito o pupitre alto, a guisa de atril. 

 

Los errores se corregían con un raspador o rasorium, una lámina de metal afilada que estaba fijado a un mango de hueso o metal. Con él se raspaba el pergamino para levantar la tinta seca. Si aún estaba fresca, la tinta se elimina con la spongia deleitis, que se impregnaba previamente en leche.